Misterio virtual
Mientras corría incipiente la segunda década del siglo XXI y la virtualidad llegaba en pañales pero con pasos de gigante a quedarse, me sumergía, según yo lentamente, a ese océano infinito de nuevas posibilidades de conexión, usando sus rincones inexplorados como apoyo emocional a mi pequeño duelo sentimental. Se acababa mi más larga y tormentosa relación. No estaba sufriendo, no sentía el corazón en tiritas, no me estrujaba el estómago ni se me hacía un nudo en la garganta. En diez años era la primera vez que me sentía libre y segura de haber tomado una de las mejores elecciones de vida: romper definitivamente esas cadenas que a cada eslabón apretaba y apretaba y apretaba, la soga que al cuello ajustada restringía en cada hilo el paso del aire vital, la jaula de barrotes de azúcar cuya llave tenía colgada en un collar delgado y corto pero al alcance de mi mano.
Recién estrenada mi nueva y maravillosa soltería, ávida y famélica de aventuras y descubrimientos pero de los mundos irreales y mágicos de la red, me uní a la fantasía del mundo virtual, la cual me resultaba familiar desde los juegos RPG en línea (Role Playing Game o juegos de rol). Sin embargo, en este caso, el juego lo vas creando vos mismo a tu gusto e imaginación. El personaje se puede ajustar y modificar sin límites: color de piel, de ojos, tipo de cabellos, estatura, constitución, maquillaje o natural, vestimenta, posesiones, hasta especie, (sí, podrías ser animal, robot, críptido o criatura sobrenatural). Yo a veces era mujer, otras hombre, algunas veces elfo del bosque y otras sirena, también fui fauno y neko pero siempre fui Viento, una DJane (disc jockey mujer) algo tímida y de mediano éxito en las discotecas y clubes de habla hispana.
Se puede decir que en mi segunda vida logré ser todo lo que en la real y primera ya me quedaba lejano o bastante más inalcanzable, no obstante, y siempre hablando desde lo personal, detrás de ese avatar estaba mi alma, mi mente y mi corazón, que aunque había que ir con pies de plomo en ese metaverso, era muy difícil despegarse emocionalmente de la realidad. Mucha gente se encontraba allí por diversión, otras personas por escape y algunas más por curiosidad. Como en todo grupo social hay de todo: maldad, envidia, sabiduría, perversiones, bondad, soporte y un largo etcétera de intenciones y mentes.
Entre tantas personas sin rostro encontré a mi familia y amores, personas reales con las que fui construyendo confianza y contacto más cercano, desbloquear nuevos sentimientos y experiencias, maneras de amar sin tocar, sin besar, sin abrazar. Ir pasando de a poco al mundo intermedio entre la realidad y la virtualidad, poder conocer sus rostros, sus voces, sus casas, sus familias reales, sus empleos verdaderos, su vida real desde la distancia geográfica. Fueron años fantásticos llenos de toda clase de emociones y lecciones.
Tuve amores pasajeros, es cierto, consciente de la fragilidad de esa barrera imaginaria que nos separa la mente entre la euforia y la desolación. Asimismo padecí el amor más real e íntegro que se pueda imaginar. Ella por ejemplo, a veces era Ranma y otras Antian, pero siempre fue Isa. Un amor virtual incompleto tan real que dio pie a un gran despertar del alma. Sí, es así como se puede resumir la breve pero intensa historia de este amor.
Nos vimos por primera vez a través de la cámara de una amiga en común, fue una sacudida mutua instantánea, como cuando tus ojos se abren más y las pupilas se dilatan queriendo enfocar mejor esa belleza misteriosa y poder así descifrarla, como cuando los colores y calores aparecen súbitamente en tu rostro imposibilitando disfrazar el flechazo de ese travieso Cupido, como cuando no puede parar de sonreír sin razón y con un brillo único en los ojos, así fue vernos por primera vez.
Yo “salía” con alguien en ese instante preciso y ella recientemente soltera. Solíamos charlar por medio del Messenger de Hotmail en esa época, vaya debates que nos tirábamos por horas y era como si tuviéramos una conexión invisible y pegajosa. Yo le hablé del destino y ella no creía en nada. Un buen día sólo perdimos el contacto y cada quien siguió con su vida a un océano de distancia. Pasaron los años y yo creí conocer al gran amor de mi vida, de hecho, hasta el tiempo presente pienso que Laura lo es, aunque lo nuestro sólo duró tres años de los cuales nos vimos, nos sentimos, abrazamos, besamos, tocamos, compartimos museos, tren, metro, musicales, cine, paseos, cenas, almuerzos, cama, enjabonadas de espalda y mucho más, por 12 días y 11 noches en la bella Madrid. Fueron los 12 días más épicamente felices de mi vida entera.
Durante esos años de dicha completa con Laura, volvió a aparecer Isa varios años después, retomamos el contacto esta vez vía red social y aplicación de mensajería. Yo le contaba todos los planes que estaba haciendo con Laura para ir a vivir una temporada en su tierra, en su isla, en su paraíso mientras terminaba su carrera profesional. Isa me contaba que ella también volvió a su tierra, a su isla, a su paraíso que coincidentemente era la misma que la de Laura. -¡Qué alegría! Podremos reunirnos las cuatro cuando estés por aquí a bebernos unas cervezas y hablar de lo pequeño que es el mundo realmente-. ¿Las cuatro? Resulta que Isa se había casado hacía unos pocos años atrás, en el tiempo que perdimos contacto.
A los 3 años y habiendo Laura decidido terminar la relación, mi mundo tornose sombrío y árido de golpe y sin haberlo visto venir. Necesité un tiempo fuera, a solas, un retiro de mis dos mundos, de mis dos vidas. Me llamé a silencio y ceguera por unos meses retomando comunicación con mis amigos de siempre, de antes, de los que te visitan con asado, cervezas y música. Visité nuevamente los lugares de mi país en donde fui feliz, en donde nada me recuerde a Laura, con quienes no me hablen ni me cuestionen sobre ella y su decisión. Fui poquito a poco recuperando fuerzas, cicatrizando heridas, volviendo a sonreír desde el corazón.
Poco más de un año transcurrió de mi derrota más grande en el desafío del amor cuando Isa me saluda un día cualquiera preguntando -¿Qué fue de ti? ¿Ya estás por la isla y no me avisaste? Cuéntame todo-. No Isa, no fui a la isla, esa historia se terminó de la noche a la mañana literalmente. El viernes hacíamos planes para cuando esté ahí y el sábado se acabó todo. Yo no pedí explicaciones, sólo acepté su voluntad, la respeté y me alejé. Lloré como recién nacida inconsolable que sale a este aterrador y peligroso mundo abandonando la placidez y seguridad del vientre materno. Pero calma, ya estoy mejor, ya podía hablar de eso sin sentirme aplastada por el monstruo del desamor. –Lo siento mucho, aunque creo que lo siento más por mí que por ti porque tenía tantas ganas de verte en persona y beber esas cervezas- replicó Isa con desazón.
Volvieron las largas charlas que encendieron ese fueguito que había comenzado hacía años atrás cuando un día me dijo -¿Recuerdas que me hablaste del destino un día? Desde el momento en que te conocí hasta ahora que nos volvimos a cruzar ya estoy creyendo en ese jodido.- Me siguió contando de sus cosas, su amor por los felinos, sobre todo por Sora y Mahou, sí, le nombró como la cerveza. Sora, de color calicó desordenado, era más bien arisca y seria, la había rescatado de la calle con serias quemaduras y Mahou, un travieso minino de color negro sin acabar de pintar como decía ella pues lucía manchas blancas por aquí y por allá que la seguía al baño en todo momento. Los gatos a mi no me agradaban, supongo que se debía a que en la casa de mi ex (la relación más larga) habían 27 y estaban por todas partes, les tuve inquina y hasta asco por esa razón. En cambio, le atribuyo a Isa mi fascinación y amor por estos seres peluditos y especiales. Me habló también de “Gemelos Celestiales” y cómo la inspiré a retomar la escritura y terminarla luego de 10 años de haberla dejado a medias. Qué curioso, soy la musa e incitadora, esa chispa juguetona que enciende el carbón de talento escondido en el dormido interior de las personas, un consuelo para esta alma viajera del tiempo que soy. Tantas vivencias, tantas anécdotas, tanta cotidianeidad, ya nos conocíamos de toda la vida en unos meses. Tantos sueños, tantos deseos, tanto amor atrapado en las letras y mensajes de voz de las aplicaciones.
¿Qué está pasando? ¿En qué estamos pensando? Ella está casada y dice que aunque ahí ya no hay llamas tiene que hacer las cosas bien. Su esposa es extranjera pero residente de larga data y está enferma, depende de ella en este momento. Viven en el mismo zulo, como le denomina ella a su mono ambiente que está reformando paulatinamente, aunque cada una con sus actividades independientes. Sin embargo, tienen negocios en común. Ella dice que esperan a que salga de una vez la respuesta de la junta médica que lleva el caso de su esposa, que le conceda la incapacidad permanente por su enfermedad, de esta forma, podría divorciarse sin dejarla en la calle. Seguían siendo buenas amigas aunque amor romántico ya no había.
Todo ese tiempo tuvimos una relación secreta, secreta para su lado de la historia, para su familia, para sus amigos, para su esposa. Por mi parte, todos sabían de ella, de su existencia, de nuestros sentimientos. Yo era una amiga de Sudamérica muy especial y nada más. Me reportaba sobre las juntas médicas y que la volvían a citar para otra fecha y para otra y otra más y eso se hacía eterno mientras mi ímpetu gritaba -¡Actúa ya!-, y como soy naturalmente de espíritu vehemente un día le suelto –La situación económica en mi país está complicada y estoy pensando seriamente en ir a España a buscar oportunidades que me permitan seguir alcanzando mis objetivos en la vida-, sí claro, puras mentiras excepto por lo de la mala situación económica del país, pues aunque no nadaba en billetes y monedas como el Tío Rico McPato, mi trabajo en casa me permitió vivir cómodamente, no tenía necesidad imperiosa de viajar a ganarme los euros, yo sólo quería estar más cerca de ella cuanto antes. Grave error…
Hasta conté con su apoyo para que vaya bien mi viaje y todo lo que necesite al llegar ahí. Mi idea era quedarme en Barcelona con mi prima Vane, quien llevaba muchos años viviendo allí, para empezar. ¡Qué ilusa pensando que todo sería tan fácil y rápido como lo había dibujado en mi mente! Ni encontraba empleo, ni las amistades me dieron la mano, ni ella podía hacer nada aun. Estaba más sola que Rose sobre aquel trozo artísticamente tallado de madera convertida en escombro del Titanic flotando sobre las gélidas aguas del Atlántico. Agobiada y ya comenzando a desesperar, le confesé la razón real que me llevó a embarcarme en esa peripecia. Fue para mí, el soplo del silbato que llame al bote salvavidas a rescatarme siguiendo con la referencia fílmica. Si bien Isa no arribó a mi rescate, el pitido llegó a oídos de otra prima mía: Vero, que también llevaba un par de años por ahí pero en una isla del Mediterráneo, -Prima, vení para acá ya mismo- exclamó Vero. Sin perder un solo día, rehíce mi jamás deshecha maleta, agradecí por mensaje a Vane por recibirme los primeros días y a la familia en cuyo piso viví, me busqué la vida haciendo uso del valioso GPS y el espléndido funcionamiento del transporte público en España, tomé rumbo al aeropuerto El Prat de Llobregat, de hecho, no me quedaba tan lejos pues mi lugar de habitación era en L’Hospitalet de Llobregat. La línea L9N del metro (en esa época, ahora se llama L9 Sud) me llevaba directo a la terminal 1, en ese momento además se estrenaba esa línea del metro sin conductor. Creo recordar que había algunas manifestaciones y reclamos de los conductores de trenes que irían quedando sin empleo de a poco con la automatización del metro, pero vamos, que me distraigo y no quiero perder mi vuelo súper económico de unos 50 minutos sobre el Mar Mediterráneo hasta el aeropuerto de Son Sant Joan de Palma de Mallorca. Tranquila, total el piloto llegará más de una hora tarde quien sabe por qué, según la señorita de la compañía por el tráfico terrible, sí claro cómo no, más bien sería por un “embotellamiento” quizá pues toda la tripulación llegó a tiempo. ¡Vaya vuelo más turbulento señor! Y el aterrizaje mejor olvidar. Por fin en tierra y aliviada de ver a Vero a lo lejos con esa sonrisa brillante y enorme que tiene ella, adornada por un par de verdes ojitos soñadores y que muestra todos sus blancos dientes. Nos volvíamos a abrazar después de tantos años. Ese fue el momento sanador más anhelado de la historia.
Vero vivía con su novio, el bombón blanco como ella lo llamaba, en un edificio situado a escasos 200 metros del mar, una maravilla que sólo había visto en películas o fotos ajenas. No tardé ni una semana en encontrar empleo cuidando de interna durante un mes a una señorita de 92 años en reemplazo de Jesusa, su cuidadora original que ya necesitaba vacaciones para venir a Sudamérica, a su tierra después de largos años. Un trabajo que me juré jamás necesitar y ¡PUM! cachetada de la vida que me estaba cobrando con intereses mi descaro.
Isa decepcionada y enojada. Rafaela con demencia senil y principios de Alzheimer que a ratos la volvía violenta y que nunca me llamó por mi nombre sino me gritaba -¡Jesusa!- cuando me necesitaba. Solíamos pasar muchas horas en la sala amplia junto a una chimenea adornada con fotos y figuras de porcelana como congeladas en el tiempo, con grandes puertas de vidrio complementadas con suaves y claras cortinas danzantes al ritmo de las brisas marinas, puertas que daban a la terraza decorada con macetas de plantas y flores, en un primer piso ubicado en el edificio de la esquina justo en el Paseo Marítimo. Ella nunca me recordó, tenía la mirada puesta en sus revistas de sopa de letras y crucigramas y cuando levantaba la vista me miraba, me sonreía y me preguntaba amablemente -¿Qui ets?- (algunas palabras tuve que aprender en mallorquín porque ella olvidaba que yo no entendía) –No entiendo- le respondía hasta que aprendí. Todos los días a la hora de almorzar me contaba su historia de juventud, lo que su memoria aun tenía rondando por esos rincones, su infancia y juventud, la guerra, su hermana Apolonia (que llevaba un par de años muerta pero ella siempre preguntaba ¿Y la Apolonia dónde fue?- -Bajó a tomar un café Rafaela, al rato regresa-), las cuevas, su padre el herrero, su pasión por el dibujo sobre tejido que fue su trabajo predilecto, tantos recuerdos que ni bien fijaba la mirada en las altas palmeras de la calle, se desvanecían como humo con el viento y me miraba y sonreía –No me gustan las palmeras- y otra vez a empezar a contarme sobre su infancia y las cuevas y la guerra y sus dibujos. Me sorprende que no haya enloquecido ese mes. Luego, me tocó cuidar a Paula, un poco más joven pero con la misma condición mental de olvido, pero esa es otra historia.
Todo se puso color de hormiga irremediablemente con pasaje de ida al fracaso. Mi relación se fue deteriorando rápidamente no sólo con Isa, sino también con el bombón blanco. Una barbaridad estar en ese paraíso y no poder sentir nada más que vacío y angustia. Sentarme todas las noches a la vera de las calas mirando hacia donde yo veía en mi mente mi continente, mi tierra, mi gente y sentir en ocasiones un impulso a saltar al agua como si supiera nadar para volver a casa. La situación se tornó insostenible y explotó por un simple y miserable mal entendido aunque es muy probable que haya estado esperando con ansias que algo así suceda para tener la excusa perfecta para irme. Y así lo hice efectivamente, esa noche busqué el vuelo más barato y lo encontré para dentro de un mes, lo compré después de esperar alguna respuesta de Isa sobre lo que me había pasado. A la mañana siguiente me responde con una fotografía, era un sobre con su nombre partido en dos sobre una mesa de madera. Había comprado un vuelo y hospedaje en un hotel cercano a mi lugar de residencia en Cala Millor, se acercaba mi cumpleaños y me iba a sorprender viniendo a pasar unas semanas conmigo. ¡Madre mía! ¡No la pego ni una! Todo mal, desde el principio, todo por las prisas, por las mentiritas blancas como nos engañamos al decir, ni blancas ni piadosas, mentira es mentira y punto.
Llegó al fin el día de retornar a casa, de empezar de cero, de crecer, de despertar. Es de esperarse que el amor fue vencido por el dolor. Los pedacitos de sueños quedaron esparcidos por el camino como un último intento de que se conviertan en miguitas de pan que nos muestren el camino de regreso a nuestro mágico amor virtual. Eso no pasó desde luego. La comunicación se volvió escasa y cada vez más recriminante: correos electrónicos llenos de letras de dolor y culpa. Unos meses más tarde de mi regreso a casa, sale por fin lo de la junta médica de su esposa y podrían divorciarse pero ya qué más da. Al vender ella su negocio perdió los teléfonos y el contacto se daba prácticamente por correo y ella nunca fue muy adepta a “las redes sociales”. El punto final de hecho llegó en un desolador y extenso e-mail, desde esa única cuenta de Hotmail con la que la conocí. Ya no había manera de comunicarme con ella por otra vía. El 29 de agosto de 2018 su despedida final.
El 8 de abril de 2020, que no necesito recordar pero cabe mencionar, fue el año del desastre mundial, la pandemia del COVID19; despierto con una notificación en el teléfono sobre un correo recibido de Legos Legos. Mi corazón se acelera y siento como si me hubieran dado un golpe en el estómago. Demoro lo que se tarda en un parpadeo para abrir el correo no sin antes tomarle una captura de pantalla por si estuviera alucinando o fuera algún error. El título decía “FELIZ CUMPLEAÑOS”:
No pasaron más de dos horas para que le responda a su correo agradeciendo su saludo y expresando mi enorme alegría por saber de ella nuevamente y deseando que el contacto no vuelva a perderse porque se borró de todas las redes conocidas…
Nunca más volví a saber de ella. No volvió a escribir ni en respuesta a mis continuos correos: por su cumpleaños, por fin de año, por preocupación, cuando falleció mi padre y así hasta el último intento en su siguiente cumpleaños que fue cuando me di por vencida y me quedé con la intriga, la duda, las preguntas sin responder en el aire y fue cuando decidí volver a leer su correo detenidamente. Que aunque bastante breve, noté detalles que no me había percatado cuando lo leí en su día: “por aquí gracias a Dios la familia está bien”, gracias a Dios no es una frase que ella utilizaría pues no era creyente a menos que algo la haya convertido de pronto, la familia está bien pero en esa oración ella no se incluye, siempre se caracterizó por tener una correcta escritura expresando exactamente lo que quería. ¿Por qué no me escribió “estamos todos bien”? ¿Por qué no se incluyó en el bienestar?
Muchas veces me hice estas preguntas con un par de amigas muy cercanas y me decían -¿Y si te escribió todo eso incluyendo el Te quiero sólo por venganza para remover tu mundo otra vez y luego borrarse?-. ¿Y si en ese correo a parte de felicitarme se estaba despidiendo? ¿Y si cayó enferma por el virus y quiso despedirse de mí por si acaso y al final murió? Claro que cabe la posibilidad que haya decidido hacerme saber que no me olvidó pero que desaparecía del todo para rehacer su vida, pero por ahora todas son preguntas sin respuesta que quedan en suspenso sin fecha de prescripción. Empecé a pensar y creer que Isa encarnó en Gaia, mi gatita rescatada de la muerte segura.
Aprendí que una mentira es una mentira por más peso que le quieras sacar, que la vida con prisas tiende a fallar y más temprano que tarde colapsar (no por mucho madrugar amanece más temprano), que los gatos son seres maravillosos, que la sobre exigencia nos termina frustrando, que siempre es mejor estar preparada para lo impensable o indeseable porque la vida te lo puede poner en frente sin preguntarte, que no se debe dar todo por sentado cuando hay otra persona en la ecuación y si se trata de una relación, que escribir es terapia y sirve de evidencia en ocasiones, que en este planeta de más de 7 billones de personas es muy fácil perderse y desaparecer o morir sin que se entere mucha gente. Lecciones que ese acontecimiento me dio y me cambió la vida para siempre pues ese año fue el punto de inflexión, el antes y después, el despertar del espíritu.
En tiempo presente tengo comunicación fluida nuevamente con Laura, sí, el gran amor de mi vida, somos buenas amigas a distancia y sigue viviendo en la misma isla como ya había mencionado anteriormente. Ella también piensa que Isa sólo me engañó. En varias oportunidades se me pasó por la mente pedirle que vaya a la dirección de Isa sólo a preguntar por ella con alguna excusa barata pero la conozco tanto y no lo haría. Así que la única solución a este enigma será volver a viajar con la idea fija en mi objetivo: tomarnos esas cervezas junto al mar o sentarme a contemplar esas arenas negras que miraron sus ojos cada día y que pisaron sus pies sin dejar huellas pues éstas se las llevó la marea. ¿Dónde andarás?...
Sin fin.
Dato pre publicación: Laura está dispuesta a ayudarme con la continuación de esta historia inesperadamente.😁


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